Una de película en le despedida del zoológico porteño

Es un juego de memoria bastante sencillo, aunque cueste llegar la conclusión final. Pensar qué lugar de Buenos Aires cada uno visitó más en su vida. Tal plaza, el shopping, una avenida comercial o un club. A la iniciativa hay que meterle filtros. Y el que más me complicó fue el rubro paseo.

Creo que más porque fue noticia en los últimos días que por visitas realizadas, la aparición en mi cabeza del Zoológico porteño quedó ubicado como un paseo habitual. Tengo recuerdos ya de más grande, de llevar a mi hijo, de armar salidos con sobrinos y no mucho más.

¿De chico? Dice mi mamá que ir al zoológico era toda una salida, que se programaba con tiempo que iba la familia entera y que se daba muy de vez en cuando. El recuerdo borroso es la desesperación porque la pobretona bolsita de alimento para animales no se acabara nunca porque la misión era alimentar a cada uno y que ninguno se quedara con hambre. Obviamente alcanzaba para pocos. Y fue de grande cuando me quisieron cobrar $ 50 por tan poca comida que entendí porque los padres eran tan renuentes a comprar más de una bolsita.

Lo concreto es que el zoológico siempre estuvo ahí y de hecho creo que hace ya muchos años que por una cuestión geográfica paso por la puerta día por medio o más. Sin embargo, no hay tantos recuerdos y ni siquiera muchos deseos de entrar.

La verdad, y si me pongo a pensar, nunca me atrajo demasiado la idea de ver a los animales encerrados, con cara de aburridos a la espera de uno vaya a saber qué. Y debo admitir a esta altura del texto que no tengo grandes recuerdos de mis visitas al zoo porteño.

Salvo una que merece ser contada y que no tiene nada que ver con los animales, los proteccionistas que nos los quieren encerrados y el anuncio oficial de transformar el actual zoológico en un parque ecológico.

Ocurrió hace más de 25 años, yo debería tener 16 o 17 años. El verano pasado había realizado un viaje educativo, esos que se hacen en grupo y que de educativos tienen poco. Uno de los integrantes del grupo una noche fue tomado de punto y se ve que yo quede enganchado porque sinceramente no recuerdo haber tenido maldad (todo apunta a mi amigo GK que siempre estuvo al frente de cuanta joda se armara).

Lo concreto es que el damnificado me apuntó a mi, aunque no me avisó que se había sentido tocado. Lo hizo de una manera extraña. ¡Con amenazas telefónicas! En tiempos donde no había celulares, la escena para un llamado a la casa familiar a las tres de la madrugada fue la de mi viejo completamente dormido avisándome que querían hablar conmigo. Había insultos y ese tipo de cosas que se habrán repetido dos o tres noches.

Hasta que le dije que nos encontráramos para resolverlo porque no daba para más. Y aquí entrar a jugar el zoológico. Allí me citó con coordenadas del tipo “por la entrada de Libertador, el sendero que va hacia la derecha, un banco que está frente a la jaula de los monos…” En definitiva fue la visita que más recuerdo al zoológico porteño. Recuerdo que el personaje en cuestión fue acompañado, que hablamos dos minutos, que obviamente no pasó nada de nada y que nunca más nos volvimos a ver.  Viéndolo a la distancia que buen lugar es el zoológico o lo que vaya a ser en un futuro como lugar de encuentro (sin los $ 120 que parece por un tiempo seguirán cobrando de entrada…). Aquel día me sentí como dentro de una película, esas en que dos espías se citan en el banco de una plaza para disimuladamente pasarse información.

Y hablando de película y si de zoológicos se trata como no pensar Madagascar, esa en que los animales (con Alex el león a la cabeza) deciden dejar el zoológico de Nueva York hartos del ruido de la ciudad. Justo ahora que hablan de mudar a nuestros animales. Ruido en Palermo también hay, pero no se hagan la película. Ya confirmaron que la jirafa no pasa por debajo de los puentes de la Illia camino al puerto…

 

Fuente: Clarin

 

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